Atún de 300 kilos: ¿qué está pasando frente a las costas de la Costa Blanca?
- hace 8 minutos
- 4 min de lectura

En agosto de 2026 se encontraron varios ejemplares de gran tamaño de atún rojo muertos en la costa de la Costa Blanca.
Tres atunes fueron encontrados en distintos puntos del litoral de Torrevieja. Otro ejemplar de gran tamaño apareció en la playa de Mil Palmeras, en Pilar de la Horadada. El peso de algunos de los peces encontrados se estimó en unos 300 kilos.
La imagen resulta casi surrealista: una playa normal, el mar, bañistas y, de repente, un atún de trescientos kilos.
Pero aquí la historia se vuelve todavía más interesante. Porque, al mismo tiempo que aparecen estos ejemplares, también está cambiando la propia industria pesquera del Mediterráneo.
Un pez que sabe viajar
El atún rojo no es simplemente un pez grande que de vez en cuando capturan los pescadores.
Es uno de los grandes viajeros del Mediterráneo.
Algunos atunes realizan migraciones de miles de kilómetros a través del Atlántico: salen del Mediterráneo hacia el océano, alcanzan zonas de Norteamérica, incluso hasta Terranova, y después regresan.
Es decir, el atún que hoy encontramos frente a nuestra playa podría ser perfectamente protagonista de un viaje que, por distancia, compite con unas vacaciones alrededor del mundo.
Solo que sin maleta.
Y ahora aparece una granja
Aquí surge una coincidencia interesante.
El 27 de agosto de 2026 se conoció que la Generalitat Valenciana autorizó la primera granja de engorde de atún rojo de gran tamaño en aguas de la Comunitat Valenciana, directamente frente a la costa de Pilar de la Horadada.
El proyecto ocupa 45 hectáreas de dominio público marítimo-terrestre.
Inicialmente estaba previsto instalar 25 jaulas de 30 metros de diámetro y producir hasta 3.000 toneladas anuales de dorada y lubina.
Ahora el proyecto ha cambiado: quedarán 10 jaulas, pero su diámetro aumentará hasta 50 metros, mientras que la capacidad máxima autorizada para el atún rojo será de 2.550 toneladas anuales.
A partir de aquí, los tres atunes muertos de 300 kilos encontrados en las playas ya no parecen solamente una fotografía extraña.
Porque junto a ellos aparece una nueva realidad: la producción de pescado está entrando cada vez con más fuerza en el mar.
No es un pequeño experimento
La acuicultura española hace mucho que dejó de ser la actividad de unos pocos pescadores.
En 2023 España contaba con 4.908 establecimientos de acuicultura, de los cuales 4.663 eran instalaciones marinas. El sector generaba además más de 8.200 empleos directamente relacionados con la acuicultura marina.
España es, de hecho, uno de los grandes actores de la acuicultura europea. En 2020 la producción nacional de acuicultura alcanzó 307.168 toneladas, con un valor aproximado de 510,9 millones de euros.
Como referencia, en 2017 la acuicultura española produjo 313.538 toneladas, por un valor de 451,5 millones de euros. No estamos hablando, por tanto, de una nueva moda empresarial, sino de una industria consolidada.
En el Mediterráneo, España aportaba en 2022 alrededor del 9,36 % de toda la producción acuícola de los países de la región de la CGPM, por detrás de Egipto y Turquía, pero manteniéndose entre los principales productores.
¿Por qué puede ser una buena noticia?
Porque hay una aritmética bastante sencilla.
Hay más personas. Comemos mucho pescado. El mar no crece.
Así que una de las opciones de futuro consiste en seguir pescando todo lo que todavía nada, o aprender a producir una parte del pescado nosotros mismos.
La acuicultura ofrece precisamente esa segunda opción.
Por eso, la aparición de nuevas instalaciones acuícolas en la costa española no tiene por qué ser una catástrofe. Al contrario: si queremos seguir comiendo pescado y al mismo tiempo conservar las poblaciones naturales, la acuicultura puede formar parte de la solución.
Pero hay un pequeño «si».
El mar no es un polígono industrial
Una instalación acuícola debe convivir con el mar, no convertirlo en su propio espacio industrial.
Y aquí aparecen preguntas perfectamente razonables: dónde se colocan las jaulas, cómo se calcula la carga ambiental, cómo se controlan los residuos y la alimentación y cómo se protegen las zonas de baño, la pesca y los espacios naturales.
En España existe todo un sistema de autorizaciones, evaluaciones ambientales y controles para la acuicultura, con una parte importante de las competencias en manos de las comunidades autónomas.
Por eso, de momento, no vamos a declarar la guerra a las granjas de pescado.
Al contrario.
Si realmente conseguimos desarrollar una acuicultura bien gestionada, puede ser una buena noticia tanto para las personas como para el mar.
¿Y qué pasa con los que acabaron en la playa?
Aquí conviene no precipitarse con las explicaciones.
El simple hallazgo de un atún muerto no demuestra la causa de su muerte. Sin examinar cada ejemplar no se puede relacionar automáticamente su muerte con las granjas marinas, la pesca, una enfermedad o cualquier otra causa.
Pero la coincidencia resulta interesante.
Por un lado, atunes de 300 kilos que siguen viajando entre el Mediterráneo y el Atlántico.
Por otro, una nueva granja de 45 hectáreas, con una capacidad prevista de hasta 2.550 toneladas de atún al año.
Y entre ambos, nuestro Mediterráneo de siempre, donde se bañan los turistas, trabajan los pescadores, migran enormes peces y aparece una nueva industria marina.
Quizá esa sea la gran pregunta de los próximos años:
¿seremos capaces de utilizar el mar sin convertirlo en un lugar que explotamos hasta que no quede ni un pez?
Por ahora, la Costa Blanca observa todo esto desde la orilla.
Y, a juzgar por el tamaño de algunos de sus nuevos visitantes, hay bastante que observar.






Comentarios